jueves, 17 de mayo de 2012

Reo en palabras


Todo era gris y oscuridad en sus pensamientos ... no recordaba el porqué de su cautiverio. Los rayos de sol y de luna se alternaban uno tras otro desde hacía mucho tiempo. Sobre su cabeza, entre su lacio pelo, alborotado y demacrado por el paso de los inviernos, esa luz era su única compañía, dama de noche, y esposa de día. 

Apenas si se lograba ver algo uniforme a media zancada de distancia, no necesitaba mucho más, pues solo tres cortos pasos y la interminable hilera de piedra vedaba el fluir de sus toscos movimientos. Ha izquierda un barreño donde aliviar sus escasos desechos. Tras él, un lecho conformado por piedra y una suave manta que se preservaba en mantener en perfecto estado, aunque las ratas que se adentraban en las horas de sueño a través de las pequeñas grietas en la caliza; se habían encargado de hacer su trabajo y los uniformes mordisquillos hacían mella en su tejido.

 Al frente una puerta robusta, de madera del que fuera un fantástico roble hace muchos lustros, pero tristemente maltratado por el paso de los años. Y finalmente la puerta de entrada de sus compañeras a unos 20 pies de altura y de un tamaño y forma semejantes al de la cabeza de un niño y rematados en un vasto granito en el que la humedad había dejado huella.

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